“Vuelve a sonreír”

¿Qué había ocurrido, en tan pocos años, para que todo fuera tan distinto? El parque estaba vacío: no había parejas abrazadas junto al lago, ni niños en los columpios. No había ancianos sentados en los bancos que disfrutasen de las horas de sol, ni grupos de adolescentes formando corros en la hierba. Era domingo, pero los goles habían dejado de corearse en los bares. Los árboles de la mediana, perfectamente cuidados, extendían sus flores rosadas a los transeúntes. ¿Nadie se detenía a contemplar aquellos frutos de la naturaleza? ¿Dónde estaban los niños que se divertían deshojando flores, o las niñas que se adornaban con ellas los cabellos?… ¿Nadie?
Respondían los pasos acelerados en el pavimento mojado, las miradas inquietas a los relojes que imperaban en las calles y los gruñidos de los más lentos. Muchos se conocían, a juzgar por las leves inclinaciones de cabeza que realizaban al encontrarse, pero ninguno se detenía a conversar. Un impaciente “Hasta luego” había borrado las buenas intenciones de los “Buenos días” matutinos. Se aglutinaban junto a los semáforos, cosiendo una maraña de rostros enfurruñados y ninguno hablaba. No había tiempo.
Y en el centro de la ciudad, conformando el corazón de la espiral de calles que se formaban en torno suyo, brillaban las luces de neón del centro de ocio más concurrido: “Vuelve a sonreír”. Por sus pasajes desfilaban rostros crispados y otros tristes, personas de toda clase y condición. Una mujer, que podría haber sido bien bonita, mantenía silencio junto a sus hijos, recordándoles que había que “volver a sonreír”. Ellos tenían cinco y tres años.
“Vuelve a sonreír” se había convertido en el motor vibrante de los corazones. Tan sólo era necesaria una sesión para recuperar la sonrisa, pero tres para mantenerla toda la semana. Su disposición recordaba a la de los aviones y el destino era una isla virtual donde el pasajero podía disfrutar los pequeños placeres que en el mundo real les arrebataba el estrés, las prisas, las lágrimas, los gritos. Los niños quedaban bajo custodia de una azafata virtual que hacía las veces de profesora. Los agrupaba según las edades y les llevaba a bañarse en el mar, a jugar en el campo o a alimentar a los animales. Los adultos, mientras tanto, podían pasear bajo las estrellas, reagruparse en los bares u organizar meriendas junto al río. Cualquier actividad imaginable era posible en aquel lugar.
Era imposible que la sonrisa no se marcase en los labios una vez transcurrían las dos horas. La puerta de salida se encontraba en el lado opuesto a la de entrada y los “felices” trataban siempre de evitar a los que no lo eran. Por este motivo, las familias solían acudir por barrios. Una mirada vacía podía arrebatar la ilusión de quienes “volvían a sonreír”.
Pero nadie se había detenido aún frente al cerezo que acababa de florecer, ni ante las aguas cristalinas del río. “Vuelve a sonreír” no era más que un reflejo de la realidad, el espejo de un mundo bello. Pero entonces, ¿por qué había cambiado todo tanto? ¿Por qué nadie sabía ser feliz?

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One thought on ““Vuelve a sonreír”

  1. Anonymous

    Ha sido una preciosa sorpresa encontrarme con este relato,nadie me avisó de que estaba ahi….y como todos los tuyos ,un regalo.Bsss Pepi

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