Un eterno invierno

Era una pintura hermosa. En medio de un desierto nevado sólo se alzaba un árbol. No había nada más; ni tan siquiera unas pocas hojas que lo abrigasen y ocultasen su desnudez. Me acerqué al lienzo y no pude contener un escalofrío. ¿Qué pasaría si un día abriese los ojos y me encontrase sola, perdida en un vacío y sin nadie que me guiase? Quise apartarme del cuadro, pero la fascinación que me producía me mantuvo clavada a pocos centímetros de él.
Nunca me había detenido a pensarlo, pero ahora lo sabía. Me habían preguntado cuál era mi mayor miedo y acababa de encontrar la respuesta. Temía perder el sentido de mi vida. Aquel árbol solitario y frío me recordaba que un día también yo fui así. Le tenía miedo a volver a sentirme perdida en un mundo demasiado grande y que mi felicidad se desmontase en miles de sonrisas forzadas.
¿Qué sería yo si no viese en una lágrima mil sonrisas y otras tantas penas? ¿Qué sería de mí si detrás de cada rama seca no inventara cuatro historias; una por el verano, otra por el otoño, otra por el invierno y una última por la primavera?
Si perdiese el sentido de mi vida, si me despertase con la sensación de que la vida no merece la pena, me sentiría perdida en un eterno invierno; frío, largo y siniestro.
Necesito saber que camino sobre seguro aunque lo que encuentre bajo mis pies sean nubes. Tengo que guiarme por la esperanza y atacar con mi sonrisa. Si no soy fuerte me derrumbo, pero si perdiese el sentido de mi vida, ¿cómo podría pintar ilusiones si tendría que mendigar de ellas?
Deslicé mis dedos por el tronco y sentí la rugosidad de la pintura. Ya había felicitado a mi hermano por su obra. Miré en derredor y observé la amplia gama de grises de la que se había servido para pintarlo. Nadie había entendido por qué un árbol solitario me había cautivado hasta el extremo de ser capaz de pasar horas contemplándolo. Yo veía mucho más que un árbol; me veía a mí en un pasado aún reciente. Recordé cuando pasaba tardes en alguna estrecha callejuela, rodeada por malas compañías. Adolescentes que no sabían que la vida no son lágrimas y sufrimiento, sino penas y alegrías. Entonces no entendía en qué me equivocaba, pero me había convertido en un árbol desnudo y seco, frío y tembloroso, que no tenía con qué enfrentarse al viento gélido del invierno. Por eso, quizá, encontraba tan bello un cuadro tan espeluznante.
Destapé los botes de pintura que había esparcidos por el suelo y hundí una de las brochas. Mantuve el rostro inexpresivo, aunque sabía que alguien como yo habría intuido lo que realizaría a continuación. La levanté en alto y la estampé contra el lienzo. Me mantuve quieta unos instantes. Luego la deslicé con ternura, dibujándole una sonrisa al árbol. Retrocedí dos pasos y ladeé la cabeza para contemplar la obra en su conjunto. El paisaje de tonalidades frías había sido cortado por una curva ascendente de un rojo vivo. Asentí conforme y, sólo entonces, me permití sonreír.
2011-1-005

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One thought on “Un eterno invierno

  1. Chio

    Desde luego Blanca cada día me sorprendes más, tú ya lo sabes.Simplemente me ha encantado.

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