Amor ‘in vitro’

Se dice que el amor es ciego, ¿pero tanto como para casarse con un completo desconocido? El nuevo reality de Antena 3 apuesta por ocho bodas que han formado una sexóloga, un psiquiatra, una psicóloga y el test Vipscan.  Casados a primera vista es como cualquier oficio: una persona con una necesidad en manos de los expertos. Quizá un test de compatibilidad sea tan capaz como la vieja Celestina de Fernando Rojas.

Primero fue el cortejo, después las redes sociales y ahora un programa de televisión. Está claro que el amor puede aparecer el día menos pensado, incluso en el altar. Aunque 70 de los 100 participantes que entraron en la final salieron por patas cuando descubrieron que se tenían que casar. La compatibilidad de los concursantes la determina un test que analiza la personalidad. Después de 400 preguntas y más de 200 combinaciones, los porcentajes deciden quién está hecho el uno para el otro. No se tiene en cuenta la atracción física, pero sí la inteligencia, las emociones, el carácter. Eso es lo que importa, ¿no? El interior. Entonces el éxito está asegurado. Como el famoso cuestionario de las 36 preguntas, que consistía en responder con sinceridad y luego mirar al otro por cuatro minutos. En 1997 fue parte de un experimento y culminó en boda. La única diferencia es que entonces hubo miradas profundas, sonrisas y nervios, y ahora sólo hay nervios. Son las prisas de nuestro siglo. Por eso triunfan Edarling, Meetic, o incluso Whatsapp. Los piropos atraviesan el ciberespacio, los besos son emoticonos y las palabras de amor, caligrafía Times New Roman.

La última encuesta del INE registró un total de 100.437 divorcios, separaciones y nulidades en 2013. La mayoría de esas parejas se eligieron voluntariamente y, sin embargo, se equivocaron. El ser humano tiene sus limitaciones, pero se dice que los datos son fiables. ¿Entonces por qué tiene que fracasar un matrimonio que ha unido la ciencia? Quizá estemos ante la fecundación in vitro del amor.

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Ogros y niños

A los ogros no les gustan los niños. Lo contaron Perrault, Steig, Wilde o los hermanos Grimm. Ahora nos lo demuestran los políticos, aunque parece que no se han dado cuenta. Las encuestas confirman que se ha roto el bipartidismo y que no sólo habrá tres partidos en el podio, sino cuatro. Dos gigantes que se tropiezan con sus piernas y dos niños que empiezan a caminar. El Partido Popular y el PSOE deben estar maldiciendo detrás de la ventana. Hace meses que Podemos y Ciudadanos juegan en su jardín. El reloj que Pablo Iglesias puso en marcha aún puede llevarse muchos sustos. Por delante quedan nueve meses para proponer y prometer, pues aunque alguno diga que no promete, se le va la coletilla detrás.

El Partido Popular, hasta ahora tan cómodo en la mayoría absoluta, ha mirado para abajo y se ha dado cuenta de que puede caer. Muy de cerca le siguen Podemos y PSOE y, ascendiendo, Ciudadanos. Quizá estén asustados, quizá no. Pero mientras lo deciden, Hacienda investiga a Iglesias por fraude fiscal y el PP le recuerda a Garicano que España no necesitó ser rescatada. Los gigantes ponen a punto sus armas.

Rajoy parece escudarse en el discurso del miedo. Asegura que, a la hora de votar, es “temerario” arriesgarse —No debe conocer el dicho “quien no arriesga, no gana”—. Está claro que no le gustan las ideas de Podemos ni sus dirigentes, pero ¿y Ciudadanos? Por ahora, su partido se lo quita a golpetazos. Juega con el PSOE a la patata caliente. Ninguno de los gigantes quiere reconocerlo como amenaza. Que si es centro-izquierda, que si es centro-derecha, que si se lleva los votantes del PP, que si los del PSOE… No sé si se habrán dado cuenta los populares, pero Rivera viste con traje, o sin él, y no lleva coleta. Por apuntar más, tampoco simpatiza con el régimen bolivariano ni el comunismo. Y sí, es catalán, y Rajoy gallego, y Sánchez madrileño, y no pasa nada. Aunque el PP seguirá refiriéndose a ellos como Ciutadans, para que nadie piense que pueden llegar a gobernar España.

En el debate sobre el estado de la nación, Rajoy y Sánchez se enfundaron sus discursos de siempre. De nuevo, se convirtió en una competición, donde los aplausos los recibía quien más veces noqueaba al contrario. “He llegado a la conclusión de que usted piensa más en el señor Iglesias que en los problemas de España”, acusó a su opositor —como si él no lo hiciera—. Dos gigantes vociferándose en el Hemiciclo, buscando la mejor forma de darse a sí mismos la razón. Los niños, aún sin representación, se reservaron sus comentarios para más tarde. Podemos y Ciudadanos insistieron en el cambio. Rivera incluso se jactó de que Rajoy incluyese en su plan la ley de segunda oportunidad, que ellos presentaron hace una semana: “Es curioso que los mismos que dicen que  van a organizar campañas contra Ciudadanos, a la vez incorporen sus propuestas”.

Si Rajoy se escuda en el miedo y en esa prepotencia de llamar a Sánchez “patético”, es que sabe que su posición es débil. Quien hace de matón, tiene problemas de autoestima. Quizá no está tan convencido de su victoria como dice. Tal vez teme que, si se desploma de la presidencia, su partido se deshaga como le ha pasado a Izquierda Unida o incluso al PSOE. “Rajoy no es consciente de la falta de confianza y credibilidad que tienen”, aseguró Rivera después del debate. O sí. Puede que precisamente por saberlo, dé esos traspiés por recuperarlas. Contra el agua, habrá pensado, el mejor remedio es una barca. Y ahí esta, como Noé, remando para que el diluvio político no le hunda. No se ha dado cuenta de que es demasiado grande —a su espalda: Bárcenas, los Pujol, todo lo que prometió y no hizo, o lo que dijo que no haría y realizó— y puede zozobrar por su propio peso.

Mientras los gigantes tratan de mantenerse a flote, los niños recogen a los ofendidos en sus barcas. A Podemos y Ciudadanos les queda mucho por hacer. Nunca han gobernado, no tienen una propuesta perfectamente definida y sus sedes son pequeñas. Pero también son valientes, arrojados y tienen ilusión. Estaría bien un final de Oscar Wilde, donde el gigante y los niños acaban jugando juntos. Pero más pega, tal y como están las cosas, que sea un final del “Gato con botas”, donde por tanto presumir el ogro, se lo acabó comiendo el gato.

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En su burbuja

Tenía aborrecida la sonrisa desde que se divorció. Le habían llovido encima las desgracias al mismo tiempo: la enfermedad de su hija y el engaño de su marido. No le quedaban ni ganas ni fuerzas para vivir, por eso le molestaba infinitamente la simpatía del dependiente de la cafetería donde desayunaba. Le servía con una mirada cálida y las comisuras hacia arriba. “Qué buena cara le  veo”, solía acompañar al café.

Aquella atención la enfadaba sobremanera.

En la oficina, en cambio, descansaba. Sus compañeros conocían la historia y la obviaban cuando pasaban a su lado por las mañanas. No risas. No propuestas de fines de semana. No copas al terminar. Entre ella y los demás, el silencio.

Pasaba el día entre papeles, hasta que a las cinco conducía para llevar a su pequeña Marta a clases de natación. El gorro, las gafas, el bañador, la toalla… Repasaba el equipo tres veces. Lo sacaba todo, lo volvía a meter. Que no faltase nada. Que lo tuviera todo.

Luego merendaban juntas en la cafetería del señor sonriente, el mismo de los desayunos. Era la que tenían debajo de casa y donde Marta se encontraba con Laura, su amiga del colegio. Las observaba removiendo la cucharilla en una taza vacía, intentando dejar en aquellas vueltas sus preocupaciones.

—¿Quiere leer el periódico?

Otra vez el señor sonriente.

La mujer lo rechazó con educación.

Su hija Marta había sufrido una parálisis cerebral y ahora enfrentaba las secuelas. Tardó tres años en volver a hablar, aunque lo hacía con torpeza, y caminaba con ayuda de un andador. Su recuperación había costado una fortuna y un divorcio, pero su madre se repetía que había merecido la pena.

De desayunar, siempre tostada y café. En la comida, ensalada y fruta. Por la noche tocaban verduras para compensar las grasas de la merienda. Para el colegio, Marta con coleta. Para estar en casa, Marta con coleta. Los fines de semana, Marta con coleta. El psicólogo le había aconsejado una rutina. Ella la cumplía a rajatabla. Había asumido que la vida era gris. Quizá por eso, la mañana en que formalizó el final de su matrimonio fue tan brusca con el hombre de la cafetería.

—Que pase un buen día —le deseó el de la sonrisa.

Lo atravesó con una mirada furiosa.

—Lo pasará usted en su burbuja rosa.

Pensó que la ofensa había sido suficiente, pero los desayunos continuaron acompañados de la sonrisa. No se preguntó, algunas semanas después, por qué el hombre sonriente no estaba detrás del mostrador. Sólo la madre de Laura, también dependienta, sabía que, después de diez años luchando, acababa de fallecer su esposa.

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Su hijo, un monstruo

Lo apartó con asco, como si fuera un bicho. Apenas acababa de alumbrarle y ya sabía que no lo quería en sus brazos. Ni siquiera cerca. Tan lejos como no pudiera mirarlo. El recién nacido, de nombre Leo, tenía Síndrome de Down.

La historia del pequeño Forrest es la de tantos otros. Niños que, aún en el siglo XXI y aún en un continente que presume de cordura, son rechazados por nacer con un cromosoma de más, el 21, el de los ojos chinos y la sonrisa boba. Su recién estrenada vida ha saltado a las redes por la decisión de su padre, que se divorció de su esposa cuando le hizo escoger entre ambos.

En Armenia, al parecer, un trastorno semejante es una vergüenza. O eso, según The Daily Mail, defendió la madre. Yo no puedo dejar de alegrarme por ese “sí quiero” que Samuel le dio a su hijo; monstruoso para algunos, precioso para él.

Qué inocente si creía que la sociedad había aprendido a entender. Esta historia me recuerda a las de medio siglo atrás. Cuando los niños Down proferían gritos sin palabras entre los barrotes del balcón. Sacudían sus brazos hacia quienes jugaban en la acera. Condenados a la vergüenza de su propia familia, recluidos en una habitación. Me contaron, porque yo ese tiempo no lo viví, que los demás niños apretaban el paso para no verlo, para no escuchar su voz, con miedo.

De modo que, aunque me pese, un Síndrome de Down sigue siendo un “cuánto lo siento”, un “pobrecito”, un “no lo quiero”. No me gusta preguntarme por qué cada vez me cruzo con menos. Pero me lo pregunto. Lo hago porque aún tengo fresca la solución del filósofo y biólogo Richard Dawkins: “Abórtalo e inténtalo de nuevo. Sería inmoral traerlo a este mundo si tienes la elección”.

Samuel es inmoral por elegir a Leo. Aún más por no abandonarlo y concebir un nuevo hijo. Pero eso será para Dawkins. Yo me quedo con la imagen del bebé de ojos apretados en sus brazos. Con esa mirada de reto y esa caricia de amor.

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Esfumados

Le costó mantenerse serena cuando se lo contaron. Después de 53 años, podía descansar en paz. Fueron tantas noches de lágrimas que aquel 3 de abril en que desapareció su hijo, le quedaba ya borroso. Más de 19.000 días de incertidumbre. Medio siglo. El modelo Douglas DC-3 se quebró contra las rocas de los Andes, a 300 kilómetros del sur de Santiago. Aquel día se silenciaron 24 voces. Ocho futbolistas y su entrenador, integrantes del exitoso equipo Green Cross, se durmieron para siempre en las montañas. Lo que podría ser el comienzo de una película de ciencia ficción se convirtió en una de las grandes tragedias de Chile.

Uno de los alpinistas que hace unos días descubrieron los restos del avión aseguraron que se podía “respirar el dolor”. Perder a una persona ya es lo suficientemente duro como para perder incluso su cuerpo. La noticia del hallazgo es, por fin, un descanso para quienes amaron a los fallecidos. Una historia resuelta entre tantas de aeronaves de final desaparecido. Quedan cerca los testimonios de los familiares del vuelo de Malaysia Airlines y AirAsia, o el de Air France en 2009. Gritos estremecedores, ojos hundidos y ataúdes vacíos. El drama de esfumarse en el aire, de tomar un vuelo y desaparecer. Misterios espeluznantes. Como el famoso vuelo 19 que se tragó el Triángulo de las Bermudas o el Antisubmarino Grumman, cuyo último rastro se encontró sobre el mar de Alborán, en Almería. O el Star Dust, que en 1947 desapareció con 11 pasajeros y fue descubierto por unos alpinistas 53 años después. 53 noches de lágrimas. Más de 19.000 días de incertidumbre. Medio siglo. Polvo de estrellas.

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Querido amiga,

Espero que estés bien. Ante todo eso: que estés bien. Que el tiempo no haya arañado tu piel demasiado profundo y que tu corazón continúe en su sitio. Espero que tus sueños, esos que me contaste una vez, continúen creciendo y no se hayan secado. Porque no es fácil mantener ilusionada a la ilusión cuando despiertas, cuando te das cuenta de que los años pasan para todos y que no eres invencible, ni inmortal, ni tienes súper poderes.

Nuestros sueños tienen que aprender a ser amigos de la realidad, y tú sabes que eso no es sencillo. No es imposible, no, bien lo sabes, porque siempre uno trata de pisar al otro y eso crea rencillas que nos acaban sacando las lágrimas.

¿Qué fue de ese amor del que me hablabas? ¿Qué fueron de esos ojos que te arrancaban suspiros y de esas manos que nunca sabían si tomar las tuyas? Siempre fuiste un poco romántica. Me gustaba cómo describías a tu pareja ideal y cómo te entretenías en los detalles, asegurando que eran lo más importante. Un lunar, una peca, un color, una sonrisa… Tú eras de esas que tenían excusa para amar. Ojalá sigas amando, pero amando con locura, de verdad.

El tiempo pasa muy rápido, así que no trates de detenerlo. Entrena todos los días para seguir con aliento su carrera. Entrena aunque te tropieces. Nos quedan muchas caídas más y eso no importa. Aprende y vive. Grita también. Deja de pensar tanto en cómo puedes resolverlo, y hazlo. Te he visto solucionar problemas gordos y, aunque los que vengan sean peores, yo creo en ti.

Por mi parte, ya sabes cómo me va. Estoy aprendiendo todos los días a vivir.

¿Te sorprendes de que te escriba? Muchas veces pienso hacia atrás y me río de nuestros juegos, de nuestras risas, de las aventuras de la niñez y su inocencia. No te sorprendas. Desde que nos dijimos adiós en el último curso, he esperado que todo te fuera bien. No importa que no fuéramos amigas inseparables. Éramos amigas y eso ya es muy grande.

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Mejor no estudiemos

Es difícil no preguntarse si el ministro Wert se ríe de nosotros: de los estudiantes, de los profesores, de los padres que hacen un esfuerzo por financiar los estudios de sus hijos. Me pregunto si echaba de menos un revuelo, como el que levantó el Plan Bolonia, y ha querido protagonizar otro antes de las elecciones generales (por si acaso es su última oportunidad).

José Ignacio Wert propone un modelo educativo de tres años de grado y dos de máster (3+2), cuando el actual es de cuatro de grado y uno de máster (4+1). Está bien que proponga cómo mejorar la educación, más cuando nuestro país ostenta el récord de ninis de la Unión Europea, pero que no presuma de que las familias se ahorrarán dinero. Claro que es más barato pagar tres años de universidad que cuatro, pero un estudiante no hace nada con un grado. Que se lo digan, que nos lo digan, a todos los jóvenes que enfrentamos la peor cara del empleo en España, a  quienes sacudimos con orgullo nuestro título a unas empresas que se compadecen (por no decir que se ríen) de nuestra formación. Cómo no lo van a hacer, con la de gente preparada que entrevistan: jóvenes que acumulan másteres y cursos, que han estudiado dos, cinco carreras, que hablan tres idiomas, ruso, chino y árabe si hace falta.

Me gustaría que el señor Wert conociese a los jóvenes que terminan el grado y tienen que sacar dinero de las piedras para pagar un máster. ¿Es que él no sabe cuánto cuesta un máster? Por supuesto que sí. Y ahora, con la que está cayendo en España, que nos digan que en vez de un año, hay que pagar dos. Los créditos ETCS de los másteres en Madrid, por ejemplo, rondan entre los 35 y 75 euros, mientras que el de los grados se encuentra en torno a los 20 euros. Y eso el crédito, pero ponte a sumar. Los estudiantes de Comunicación barajamos opciones que no bajan de los 7.000 euros al año. Y no pedimos la luna. Es lo que cuesta, por ejemplo, una especialización en radio o en televisión (y, ojo, tirando por lo bajo). Ponte a sumarle otros 7.000 más para que nos asemejemos al modelo que tienen la mayoría de países de la Unión Europea, el 3+2.

Pero que no se enfaden los rectores, ni los estudiantes, que el señor Wert deja elegir. Ha propuesto un modelo, pero no obliga a adoptarlo. Que cada universidad haga lo que quiera. Y si de ahorrar se trata, no se preocupen, yo también propongo. Para ahorrar, mejor no estudiemos. Gratis vendrá la ignorancia.

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Amar es una aventura

Ojalá no lleguemos a ese punto. Hace unos días leí uno de los artículos de enumeraciones que te saltan en Facebook. De esos de “10 cosas que solo harías cuando tienes veinte años”, o “10 cosas que solo la gente torpe entiende”… Bueno, pues el que me apareció a mí era “10 cosas que te ocurren cuando tienes un novio nuevo”. NUEVO, ¿eh? Atención, recalco: un novio nuevo.

Pues me  pareció curioso saber qué se supone que pensamos cuando tenemos “un novio nuevo”. Y la cosa empezó graciosa con el primer punto:

 

  1. Despertarás a la mañana siguiente y pensarás: “¿Tengo pareja? ¡TENGO PAREJA!”.

Me imaginé la escena y me reí. Bueno, el amor es todo una aventura, así que sus inicios son cuanto menos apasionantes. Pero al pasar al siguiente punto solté un lastimoso “no…”. No, no, no. Eso no es así. Eso no debería ser así. El número dos decía:

 

  1. Decir “hola” y “adiós” con un beso te hará sentir en la cima del mundo.

No… ¿Solamente vamos a sentirnos en el infinito cuando tenemos “un novio nuevo”? No, no. Deberíamos sentirnos especiales con cada saludo y cada despedida, llevemos uno, quince o cincuenta años. Si es lo más bonito: sentirse único para otra persona. ¿Solo al principio? Pues entonces, perdona, pero no le veo futuro a vuestra relación.

Pero bueno, oye, que solo vamos por el segundo punto y quedan muchos… Igual la cosa mejora.

 

  1. No hay silencios incómodos, solo momentos en los que disfrutas en silencio de la presencia del otro.

Vaya, la cosa no mejoró con este…

 

  1. Mirarás la foto de perfil de tu novio y pensarás: “¿Cómo tuve tanta suerte?”.

Ya no es que mires a la persona a la que quieres (o te gusta, porque es “un novio nuevo”) y te sientas afortunado. Y que suspires con su mirada, con la forma en que respira, con sus labios… No, no, ya ni eso, ahora es su foto de perfil. Una instantánea: ni un esbozo de todo lo que la otra persona realmente es.

 

  1. Tus padres siempre tendrán sus pensamientos acerca de tu “nuevo novio”.

Tus padres, sea nuevo o no, tendrán una opinión. El problema sería más bien que no pensasen nada… Si te quieren, es irremediable que les interese lo que te rodea.

 

  1. Tu novio y tú estaréis cogidos de la mano todo el tiempo.

Cuando coges la mano de alguien a quien quieres, puedes sentir muchas cosas. Puedes sentir que te apoya, o el cariño, o su calor. ¿No es bonito ver a dos ancianos que se dan la mano? Y digo ancianos porque es un gesto que no debería perderse nunca. Es importante que sintamos que no estamos solos.

 

  1. La vida parecerá más colorida de lo habitual.

Amar es algo inmenso. El amor está lleno de colores: amarillos, rojos, azules, negros. El amor no es eternamente perfecto, pero ojalá le pongamos color todas las mañanas y no solo las primeras. Sin ilusión, se marchita todo.

 

  1. Hablaréis por mensaje de todo, incluso de las cosas que no tienen ningún sentido.

¿Y solo con “un novio nuevo”? ¡No, por favor! Riámonos, bailemos con la vida. Y si hay confianza, con más razón. Pero no solo por mensaje. Las conversaciones, cuanto más largas mejor. Pero si todas fueran profundas, acabaríamos agotados con veinte o cuarenta años. ¿Imaginas? Llegas del trabajo cansado y tu pareja te recibe preguntándote por el sentido del Universo. Hombre… Pues habrá días que sea lo propio y días que no. Hay que divertirse, incluso decir lo primero que se nos viene a la mente. No hay que calcular cada palabra.

 

  1. Ahora que estás en una relación te sentirás un poco más madura.

Bueno… Entonces con el novio anterior no eras madura, pero con este nuevo sí. La madurez no está en comenzar una relación, ni siquiera te la da el tenerla. Se puede tener pareja y ser un inmaduro. Si no, probablemente se romperían menos relaciones. Pero sí es verdad que el conocer a otra persona y decidir quererla, conlleva un compromiso. El compromiso de dejar a un lado tu propio egoísmo y mirar a la otra persona tal y como es, y no como tú quieres que sea.

 

  1. Y finalmente, los dos estaréis nerviosos y emocionados por lo que os espera en un futuro.

Este sí es un buen final. Amar es una aventura. Pero que ese nerviosismo, esa chispa de ilusión, no se pierda con el paso de los años. Que si te parece que te has acostumbrado a tu pareja, y que te aburre, que ya no es ni la mitad de lo que era, míralo de nuevo. Míralo dos veces y mírate también a ti. Cómo despertar ese nervio solo lo sabe cada pareja. Saliendo a pasear, yendo al cine, cenando… A veces pensamos que la única solución para recuperar la ilusión es “un nuevo novio”, cuando en verdad hemos sido nosotros quienes hemos dejado que el amor se durmiera.

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Charlie Hebdo. Tú eres, yo soy

Imagina que representan a tu madre, o a tu padre, o a tus hermanos en una situación insultante y comprometida. Ella siendo filmada desnuda, él compartiendo trío con su padre y su hijo, ellos con el cuello en el cuchillo de un radical. ¿Dirías que es humor? Los atentados contra el Charlie Hebdo han reabierto el debate de la libertad de expresión, que ya explotó cuando publicaron por primera vez las viñetas satíricas de Mahoma en 2006. Apenas unas horas después del atroz escenario que dejaban los hermanos Kouachi en París, ciudadanos de diferentes nacionalidades protestaban bajo el lema “Je suis Charlie”. Los diarios abrían sus portadas al día siguiente como si el asesinato hubiera sido contra la libertad de expresión, pero no puede ser libertad de expresión la falta de respeto.

Ya lo advirtió Sartre: “Mi libertad empieza donde termina la de los demás”. Herir las libertades individuales no es libertad de expresión. Si lo fuera, estarías reconociendo que el mejor sistema para gobernarnos somos cada uno de nosotros y por lo tanto, la anarquía.

Las viñetas satíricas del Charlie Hebdo eran provocativas y la provocación está bien. Siempre ha existido y es opinión pública, pero otra cuestión son las formas. Hay que tener cuidado si te quieres reír de los demás. Primero, porque no todas las culturas son iguales y lo que en Occidente se ha abanderado como una defensa de la libertad de expresión, en Oriente se ha interpretado como un ataque directo a lo más sagrado, sus creencias. Segundo, porque no debes herir a los demás. No se debería atentar contra los principios que rigen una vida, igual que tampoco se debe asesinar.

“Je suis muslim et j’aime mon Prophète”, rezaba el cartel que sostenía un niño en una manifestación. “Je suis Charb”, “Je suis Cabu”, dicen otras tantas pancartas. No quieres que te arrebaten lo que amas. Recuerda a tu madre, a tu padre y a tus hermanos humillados. Recuerda a Sartre: tu libertad donde termina la de los demás.

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Vídeo Crecer con TDAH

El Trastorno por Déficit de Atención e Hiperactividad o TDAH es un trastorno del comportamiento de origen neurobiológico cuyos síntomas más característicos son la falta de atención, la impulsividad y la hiperactividad.

Se trata de un tema que ha generado (y genera) gran debate en cuanto a su diagnóstico y tratamiento. En algunas ocasiones incluso se ha hablado de una enfermedad de moda pero, ¿realmente lo es?

En este documental, ‘Crecer con TDAH‘, conoceremos la experiencia personal de dos hermanos y la apuesta que hace la Asociación TDAH Sarasate por el tratamiento psicoeducativo.

Producido por Blanca Rodríguez G-Guillamón.

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