El catorce

La carcajada le estalló en la cara. Yolanda recogió sus carpetas de mala gana y se ató el pañuelo al cuello.
-Pues no, no tiene nada más que decirme, no se moleste. Y no, tampoco hace falta que me indique dónde está la puerta.
La risa se estremeció con más fuerza.
-Ay, Yoli… pero qué mal le ha sentado el comienzo de año.
La mujer refunfuñó y alzó la barbilla.
-A mí nunca me ha gustado el catorce.
Se giró con el mismo ímpetu de sus pisadas y abrió la puerta de un tirón.
-No se le ocurra seguirme -le advirtió a la risueña-. O la denuncio.
El portazo tembló y se escapó otra carcajada. La profesora miró al niño que estaba sentado en la segunda silla del despacho y le ofreció gominolas.
-¿El catorce te parece un número feo?
Fernando se mordió el labio y arqueó las cejas, hundió la mano en el bote de colores que le ofrecía y habló.
-Mi mamá piensa que sí.
La profesora sonrió.
-En ese caso… no se hable más sobre el tema.
El niño se miró las zapatillas.
-Pero a mí me gusta… -murmuró.
-¿Te gusta el catorce, por qué?
Fernando sonrió tímidamente y señaló su camiseta de fútbol.
-Me han elegido titular para jugar en el equipo del colegio.
-¿Ah, sí? Debes de ser muy bueno.
-Dicen que soy pequeño.
-Pero crecerás.
-Eso dice el capitán.
La puerta se abrió de golpe y Yolanda buscó a su hijo.
-Siempre te quedas atrás. Menos mal que no te has movido del sitio. Vámonos. Levántate, arriba.
Fernando suspiró fuerte y saltó al suelo. La profesora le guiñó un ojo. Le hizo un gesto para que se acercase y le susurró:
-Para ti va a ser un gran catorce, ya lo verás.
 

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