El amor es ciego

Diana estaba temblando. Se había dado cuenta de que él llevaba un rato observándola; sentado dos bancos más allá, con un periódico extendido y una media sonrisa. Ella sabía por qué la buscaba y tenía miedo. Se levanto bruscamente y echó a andar, pero comprobó por el rabillo del ojo que él la seguía sin dejar de mirarla.

Apretó el paso.Adolphe-Bouguereau-1880

Se volvió varias veces.

Echó a correr. Resonaron sus tacones.

Él no se apartó de su espalda.

Diana vio cómo extendía el brazo para agarrarla y gritó con todas sus fuerzas.

La mano de él se quedó a medio camino.

Cuando volvió a girarse, vio el destello de un arma afilada.

La joven sentía el sudor frío y una asfixia creciente en el pecho; empezó a marearse. Recordó su boda, su vestido blanco, su ilusión, su inocencia… Y le sobrevino una arcada por todos los recuerdos que venían después. Las mentiras, los golpes, el control… Diana se arrodilló ante el desconocido con las manos apretadas.

–No, no, no, por favor –suplicó–. Otra vez más no, por favor.

Pero él no se detuvo. Le tapó los ojos con una mano y con la otra, le clavó la flecha en el corazón.

 

También publicado en: cope.es

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