El refrigerador de los caprichos

No podía olvidar el deseo de sus ojos cuando lo miró por primera vez. Había corrido hasta él y, tras unos instantes indecisos, le había invitado a pasear. En aquellos diez minutos le prometió el cielo, o más bien se lo prometieron mutuamente sin palabras. De vez en cuando se miraban y ella sonreía con los labios prietos. Él, con razón, se sentía el más feliz del mundo. Por aquel flechazo, había renunciado a todo lo que tenía: a su familia, a sus amigos, a esos amores fatuos que le besaban y le volvían a dejar.

Se imaginaron un futuro juntos, hasta que la muerte les separase, y se prometieron amaneceres dulces. En diez minutos crearon un sueño, pero a las doce, como le ocurrió a Cenicienta, ella le dijo que no podía seguir adelante, que había un tercero de por medio y no quería que acabasen sufriendo.

Él la vio marchar entre señores estirados, en la nevera de los zumos ecológicos. A su alrededor, en distintos estantes, abandonados en una sección que no era la propia, encontró natillas de chocolate y una chistorra.

“Así que solo era un capricho”, pensó, mirando sus 600 gramos de Nutella en el reflejo del cristal.

Le había prometido todo, pero ella se había alejado, arrepentida, con la dieta como excusa en los labios.

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Una tarde de calor

Los gritos eran de una niña de tres años que aún no sabía hablar. Rayada por la luz del sol y la sombra del edificio en que vivía, sacudía los brazos para que la dejasen en paz. Se le mezclaba la protesta con la risa y a punto estuvo de atragantarse cuando el chorro de la manguera le impactó cerca de la boca. Sus hermanos la perseguían por la terraza blandiendo la goma sobre las cabezas.

Hacía tanto calor que hasta el abuelo había salido a empaparse. Con su bañador de flores y la gorra, daba palmas en medio del gran charco. Las carcajadas resonaban en el vecindario y algún niño se colgaba del balcón pidiéndole a sus padres que les dejasen bajar a jugar.

Amaia sonreía desde su habitación. Se había fijado en que Pablo de vez en cuando desviaba la mirada hacia su ventana. Le lanzó un beso discreto y se escondió. El día anterior, él la había buscando en el colegio para regalarle un poema de Bécquer.

—Lo estamos estudiando en clase se excusó.

Ella había colgado el papel en su corcho y ya era capaz de recitarlo de memoria.

Las risas hicieron sonreír a Belén, que en el sexto piso se encargaba de alimentar a su madre. Aunque hacía tiempo que Nerea había perdido el habla, la hija le seguía hablando tan animosamente como si en algún momento le fuera a responder. Explicaba que Sofía, la pequeña que reía tan fuerte, balbuceaba tres idiomas y estaba echa un lío.

—Pero será una niña muy inteligente. Mira cómo juega con sus hermanos. Tiene una alegría especial. Además parece un ángel con esos ricitos. Es adorable y yo ya le digo a su madre que tiene mucha suerte. Si yo hubiera tenido una hija, la habría querido como ella.

En la última cucharada, el puré le resbaló por la barbilla. Belén le limpió y continuó el monólogo. Mientras tanto, Sofía se levantaba de las baldosas y Pablo aprovechaba la pausa para mirar de nuevo hacia el hueco donde suponía a su princesa.

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En su burbuja

Tenía aborrecida la sonrisa desde que se divorció. Le habían llovido encima las desgracias al mismo tiempo: la enfermedad de su hija y el engaño de su marido. No le quedaban ni ganas ni fuerzas para vivir, por eso le molestaba infinitamente la simpatía del dependiente de la cafetería donde desayunaba. Le servía con una mirada cálida y las comisuras hacia arriba. “Qué buena cara le  veo”, solía acompañar al café.

Aquella atención la enfadaba sobremanera.

En la oficina, en cambio, descansaba. Sus compañeros conocían la historia y la obviaban cuando pasaban a su lado por las mañanas. No risas. No propuestas de fines de semana. No copas al terminar. Entre ella y los demás, el silencio.

Pasaba el día entre papeles, hasta que a las cinco conducía para llevar a su pequeña Marta a clases de natación. El gorro, las gafas, el bañador, la toalla… Repasaba el equipo tres veces. Lo sacaba todo, lo volvía a meter. Que no faltase nada. Que lo tuviera todo.

Luego merendaban juntas en la cafetería del señor sonriente, el mismo de los desayunos. Era la que tenían debajo de casa y donde Marta se encontraba con Laura, su amiga del colegio. Las observaba removiendo la cucharilla en una taza vacía, intentando dejar en aquellas vueltas sus preocupaciones.

—¿Quiere leer el periódico?

Otra vez el señor sonriente.

La mujer lo rechazó con educación.

Su hija Marta había sufrido una parálisis cerebral y ahora enfrentaba las secuelas. Tardó tres años en volver a hablar, aunque lo hacía con torpeza, y caminaba con ayuda de un andador. Su recuperación había costado una fortuna y un divorcio, pero su madre se repetía que había merecido la pena.

De desayunar, siempre tostada y café. En la comida, ensalada y fruta. Por la noche tocaban verduras para compensar las grasas de la merienda. Para el colegio, Marta con coleta. Para estar en casa, Marta con coleta. Los fines de semana, Marta con coleta. El psicólogo le había aconsejado una rutina. Ella la cumplía a rajatabla. Había asumido que la vida era gris. Quizá por eso, la mañana en que formalizó el final de su matrimonio fue tan brusca con el hombre de la cafetería.

—Que pase un buen día —le deseó el de la sonrisa.

Lo atravesó con una mirada furiosa.

—Lo pasará usted en su burbuja rosa.

Pensó que la ofensa había sido suficiente, pero los desayunos continuaron acompañados de la sonrisa. No se preguntó, algunas semanas después, por qué el hombre sonriente no estaba detrás del mostrador. Sólo la madre de Laura, también dependienta, sabía que, después de diez años luchando, acababa de fallecer su esposa.

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El amor es ciego

Diana estaba temblando. Se había dado cuenta de que él llevaba un rato observándola; sentado dos bancos más allá, con un periódico extendido y una media sonrisa. Ella sabía por qué la buscaba y tenía miedo. Se levanto bruscamente y echó a andar, pero comprobó por el rabillo del ojo que él la seguía sin dejar de mirarla.

Apretó el paso.Adolphe-Bouguereau-1880

Se volvió varias veces.

Echó a correr. Resonaron sus tacones.

Él no se apartó de su espalda.

Diana vio cómo extendía el brazo para agarrarla y gritó con todas sus fuerzas.

La mano de él se quedó a medio camino.

Cuando volvió a girarse, vio el destello de un arma afilada.

La joven sentía el sudor frío y una asfixia creciente en el pecho; empezó a marearse. Recordó su boda, su vestido blanco, su ilusión, su inocencia… Y le sobrevino una arcada por todos los recuerdos que venían después. Las mentiras, los golpes, el control… Diana se arrodilló ante el desconocido con las manos apretadas.

–No, no, no, por favor –suplicó–. Otra vez más no, por favor.

Pero él no se detuvo. Le tapó los ojos con una mano y con la otra, le clavó la flecha en el corazón.

 

También publicado en: cope.es

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Un viaje eterno


Adelaida golpeó la puerta con los nudillos y tiró del pomo repetidamente.

–Te lo suplico, déjame salir. ¡Déjame salir!

Cogió carrerilla y se lanzó contra la puerta, pero sus diez años no eran lo suficientemente fuertes como para derribarla. Escuchó un gruñido y una maldición, y lloró con más ganas. Miró hacia la ventana y se precipitó contra el cristal. Sus mofletes mojados se aplastaron para ver marchar a una mujer encorvada y envuelta en una manta deshilachada.

–¡Mamá! –gritó.

Sorbió los mocos y trató de desbloquear el pestillo.

–¡Mamá!

Pero los pasos lentos de la señora no se detuvieron. Ni siquiera volvió la vista atrás. Adelaida no se separó de la ventana hasta que la sombra de su madre se perdió en la distancia. Entonces solo quedaron sus huellas vacías en la nieve y una niña encogida de dolor.

La puerta del dormitorio no la abrieron hasta el día después. Habían aprovechado el sueño de la pequeña para dejarle una bandeja de comida sobre la mesa, pero a la mañana siguiente la recogieron intacta.

Suzanne fue la primera en presentarse. Era una joven treintañera que no había encontrado oportunidad para casarse. Llevaba el pelo atrapado en un moño ahuecado y un vestido largo hasta los pies. Sonrió a Adelaida cuando ella dejó caer el cuello en su dirección. La niña continuaba encogida junto a la ventana, con la cara sucia y los ojos cansados.

–¿Te apetece jugar con el trineo? –propuso Suzanne.

Adelaida la ignoró.

–Te llevaré a la tienda para que conozcas a otras niñas.

La pequeña se levantó despacio y, sin preocuparse de su aspecto, esquivó a Suzanne y salió por la puerta de la habitación. Caminaba por inercia, con la mirada perdida y triste. ¿Qué más le daba dónde estaba? Su madre le había dicho algo de unas primas. Su madre…

Una señora de camisa de mangas anchas y falda oscura la sorprendió al final del pasillo.

–¡Adelaida! ¿Dónde has dejado a Suzy? Ni si quiera has desayunado y vas muy sucia. No puedes salir así a la calle. Ven, ven, te asearé un poco –resolvió Marie, la bonita Marie.

La niña se dejó hacer. Esperó con los brazos caídos a que su tía desconocida terminase de arreglarla. Le daba igual el lazo, el abrigo, las botas, los guantes.

–¿A dónde ha ido? –preguntó muy bajito.

Suzanne, que acababa de entrar por la puerta, le respondió.

–¿Para qué quieres saberlo, querida? Ella tenía que marcharse. Está bien, estará bien.

–¿Dónde?

–Ella…

–Un viaje –interrumpió Marie–. Ella estaba esperando para hacer un viaje.

– – –

Aunque aquel día me hice la loca, las entendí perfectamente. A la primera, al primer titubeo de Suzanne. No me revolví porque en el fondo hacía mucho tiempo que lo sabía. Lo sospeché cuando mamá me empezó a mencionar a la tía Suzanne y a la bonita de Marie. Cuando la oía llorar por las noches. Cuando la encontraba torcida sobre las letrinas y me gritaba que me fuera. Cuando me abrazó en el comedor de la casa de las tías, tan fuerte, con tanta ternura, inundada de amor. Mamá se tenía que marchar y no quería que yo la viera apagarse porque ella me necesitaba fuerte. Los inviernos en París eran muy duros. Y muy largos.

 

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El Paraíso de Ana

 

Gavrila la debía estar esperando. Seguramente jugando con las nubes. Probablemente vestido con un rayo de sol. Con sus rizos rubios y su «Ven, ven, ven» de repique de campana. Seguro que la recibió con su elegancia infantil: con la ropa planchada y muy firme. Seguro que también se le escapaba la risa por los ojos. Seguro que pensaba “cuando te despistes, nos iremos a volar”.Seguro también que no dijo nada hasta que Ana lo pensó, hasta que se dio cuenta de que ella se había convertido en historia, en sueños, en amor. Como sus personajes.

Con admiración, a Ana María Matute y su “Paraíso inhabitado”.

 

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Donde todo es dulce

Dos sonrisas manchadas de chocolatada y una nota sin firmar. “Donde todo es dulce”, leyó Catalina con emoción. Sacudió la hoja arrugada y dio vueltas sobre sí misma, creando una nube de volantes rojos.
–¿Qué decías de ese joven, Bárbara? Apuesto, agradable, educado… –canturreó la pequeña sin dejar de moverse.
–Devuélveme la nota y no digas nada a nadie. Madre no puede enterarse…
–Alto, rubio…
–Cállate.
Bárbara se lanzó sobre su hermana y le arrebató las palabras. Las risas se colaron por la ventana de la cocina y salió María con el delantal manchado de harina.
–La señora está descansando, vais a despertarla –las riñó, palmeando el aire.
Bárbara le tapó la boca a Catalina y se disculpó mientras la dirigía a la calle. Allí explotaron de nuevo en compases alegres. El sol de la tarde doraba el maizal, donde aún trabajaban jornaleros. Catalina parpadeó con coquetería y saltó a la tierra para esconderse entre los tallos.
–Y correréis a lomos de un caballo blanco, y volaréis sobre las plantaciones y los bosques…
Bárbara la abrazó para contener sus ensoñaciones.
–No está bien imaginar tanto. Es solo un buen conocido.
Catalina soltó una risita para provocarla.
–¿Solo un buen conocido?
–Sí… Sí, más o menos. Eso es. Un buen… Es un muchacho divertido.
–¡Estás enamorada!
–¡Calla! –gritó la mayor con los ojos espantados–. Madre dice que eso no está bien. ¿Has leído las novelas de la lista prohibida? Como se entere María…
–Es que no he podido contenerme, son tan románticas y tan bonitas. La última iba sobre…
Bárbara le tapó los labios.
–No sabes nada del amor y yo no quiero saber más que lo que madre cuenta.
–Ella no habla de caballos ni de palacios. Sus historias son aburridas. Os escuché el otro día, cuando hablábais en la salita. Madre no quiere que le veas a él, ¿verdad? –dijo Catalina señalando la nota arrugada que escondía su hermana en el puño.
–No es eso…
–Pero tú iras a verle, ¿no es cierto? Hoy, al atardecer, donde todo es dulce… ¿No suena romántico? Donde todo es dulce… Lo repetiría ciento de veces. Me endulza la lengua, como si comiese uno de esos pastelitos que hace María.
La joven suspiró con la sonrisa aún manchada y se escondió la hoja en el corpiño. Cogió la mano de Catalina y echó a correr entre el maíz maduro.
–Volveré antes de que oscurezca –dijo–. Solo será un paseo. Le saludaré y regresaré antes de que madre despierte.
Catalina se puso de puntillas para limpiar la comisura de los labios de su hermana y la animó.
–Te esperaré en la sala de juegos, donde siempre. Estaré atenta junto a la ventana. Luego quiero que me lo cuentes todo, todo, hasta el último detalle.
Pero Bárbara nunca regresó.
También publicado en: Top Cultural.

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300 euros de suerte

Solo. En una terraza de un bar cualquiera. Delante de un café humeante y un periódico prestado. Con la misma ropa de hacía dos días y el desencanto de hacía tres. Sin afeitar pero con la corbata aún en su sitio.
Rodrigo esquivó las miradas de los demás clientes. Sabía lo que pensaban por sus caras de asco y el círculo de mesas vacías que había a su alrededor. Con el corazón en la garganta, apuró el desayuno y salió del local. Durante algún rato caminó con la seguridad de los pasos firmes y la barbilla alta. Pero al doblar la esquina, se detuvo y rompió a llorar entre sus manos.
Rebuscó en los bolsillos y contó las monedas. Aún tendría para cuatro cafés. ¿Y luego? Observó unas botellas de cristal vacías y sintió vértigo. Guardó de nuevo el dinero y echó a andar.
Hacía tres días que frecuentaba el mismo banco. Un banco de piedra en una plaza sombreada y con poca gente. Sin palomas ni ruidos de coches. Tan solitaria que le sorprendió encontrar en los escalones de la fuente una cartera.
El hombre miró a su alrededor, pero seguía solo. 300 euros de suerte, además de dos tarjetas de crédito con el número secreto apuntado en el reverso. Rodrigo sostuvo la cartera con miedo, como si le quemase esa pequeña fortuna que podría devolverle un poco de dignidad. Con ese dinero podría comprarse ropa limpia y comida, además de cafés para dos meses.
Rodrigo se sentó de nuevo en su banco de piedra y leyó la documentación del desconocido. Allí pasó la mañana y la tarde, durmió también la noche y despertó al día siguiente. Solo, pero esta vez sin café humeante.
Observó a los transeútes con la cartera escondida en su chaqueta sucia de ejecutivo. No desayunó ni comió hasta que, sobre de las tres de la tarde, un joven angustiado se puso a dar vueltas a la fuente. 
Andoni Urízar, pamplonés de veinticinco años, soltero.
Rodrígo levantó el brazo para llamar su atención y se levantó con dificultad; tenía los músculos dormidos. El chico arqueó las cejas, pero no hizo una mueca de disgusto cuando estuvieron cerca. Dudó ante la mano abierta del desconocido, pero la estrechó.
El solitario le extendió la cartera y Andoni comprobó rápidamente que todo estuviera en su sitio. Suspiró y la sonrisa final fue el broche de Rodrígo. Se miraron en silencio unos segundos.
-¿Me dejará que le invite a un café? -preguntó el más joven.
Rodrígo se miró la muñeca vacía.
-¿No vas mal de tiempo?
El muchacho se rió.
-Igual se lo hago perder a usted. Tendrá familia.
El hombre no respondió, pero hizo un gesto para que continuasen.
-Tengo un rato para un café.
 
 

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Vainilla y sal

Olía fuerte a pintura y aguarrás y, cuando soplaba el viento, también al incienso de vainilla que Lucía encendía en el alféizar. Goteaba el grifo abierto por el último niño, tan pequeño que no alcanzaba a cerrarlo bien, y en la radio sonaba un antiguo éxito del pop español.
En el caballete más próximo a la ventana, Diana pintaba un paisaje de playa. Dos barcas y un mar tranquilo. Afiló el lápiz azul y lo dirigió a la línea del horizonte. Le cosquilleaba la emoción de saber que aquel era su primer cuadro a pastel. Había saltado de los blancos y negros del carboncillo a una pintura de colores suaves. Unos colores tan suaves que con ellos era capaz de sentir la arena entre los pies y el sabor de la sal. La brisa, las gaviotas y el golpe de las olas contra las maderas de la embarcación. Ella descalza, con los vaqueros remangados bajo las rodillas y las mejillas rojas por el sol. Ella niña. Ella feliz.
Lucía señaló un tropiezo de la pintura y Diana le cedió el lápiz azul.
-Más suave, más suave. No aprietes tanto. El interior de la ola debe confundirse con la anterior. Haz un difuminado en la parte de dentro. Aquí, aquí, ¿ves? Muy bien. Así, estupendo.
Más suave, como una caricia enamorada. Más suave y más claro. Diana cerró los ojos y respiró hondo, quería recordar aquel mar por el que corría tantos veranos, por el que había paseado muchos atardeceres y al que le había confesado sus secretos.
Cambió a la tiza verde y salpicó la masa azul. Así eran las aguas frías en que se sumergía cuando picaba el sol. De nuevo olor a vainilla y quizá también a sal. Quizá, solo quizá.
 -¿Estás bien? -escuchó que preguntaba Lucía.
Abrió los ojos y se secó las mejillas. La profesora le acarició el pelo y se inclinó sobre ella.
-Te está quedando muy bien. ¿Quieres hacer un descanso y nos tomamos un café?
Diana asintió y dejó los colores en la caja, desactivó los pestillos de su silla y empujó las ruedas por el pasillo del aula. Observó de reojo el niño del sombrero de paja que pintaba Francisco, y los monigotes del pequeño Juan. Dejó atrás el lienzo amplísimo de la talentosa Alejandra y entró en el cuarto, más estrecho, del café. Lucía le sirvió una taza y se sentó frente a ella. No dijo nada y simuló distraerse con el humo de la bebida.
Diana preguntó por la última exposición de su profesora y terminaron discutiendo sobre las obras del museo que acababan de abrir en el centro histórico de la ciudad. Se rieron de las ocurrencias del más pequeño de los alumnos, que había dibujado en la pared con óleo y decía que quería ser como Leonardo da Vinci, y luego regresaron a sus cuadros. Diana contempló su mar, su playa, su pasado, y se concentró en el olor a pintura, a aguarrás, a vainilla y a sal.
Ilustración: Blanca Rodríguez G-Guillamón

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La risa del sol

Mara corrió el último tramo del sendero con los brazos en alto y la risa en la garganta. Su hermana la seguía con dificultad, gritando con jolgorio. El sol de la tarde se colaba entre las hojas de los árboles y salpicaba de luz la piel canela de Mara y Priya. Ninguna se detuvo al llegar al río. Se lanzaron en plancha y siguieron avanzando entre carcajadas. Un elefante gris empapado de sol ladeó la cabeza para proteger a su cría, que chapoteaba en el agua de barro. Olía a tierra húmeda y a calor.
 
Priya llamó a su hermana y le señaló al elefante más pequeño, que no conocían. Mara presionó sus labios con el índice y le hizo un gesto a Priya para que se acercasen. Las risas escapaban ligeras de entre los dientes. La hembra que protegía al bebé elefante no se alarmó. Conocía las manos ásperas de las niñas y el timbre agudo de sus voces. Priya acarició el lomo de la cria antes de apoyar su mejilla contra él.
 
–Está caliente –observó.
 
Mara hundió las manos en el río y las sacó llenas de barro. Con delicadeza, la extendió sobre el animal para cubrirlo. El animal aleteó con las orejas y levantó la trompa. Priya se puso en cuclillas para refrescarse y sonrió. Miró a su hermana adolescente, tan alta y bonita, de ojos grandes y pelo negro, aureolada por el sol que caía y resplandeciente por las gotas de agua.
–Yo no quiero que te marches, Mara. No quiero que te cases y te vayas con él.

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