Pamplona a la luz de las velas

Era una hilera de sueños, algunos desordenados, otros con forma de corazón. Los niños, los más listos, habían soplado con los ojos cerrados. Mientras pensaban qué más pedirle al fuego, sus padres brindaban con vino. Era un instante, un abrazo, una risa. La noche, seguramente, debía encontrarse feliz por haber reunido tantos buenos deseos.

Copas de vino y corazón

Niños y corazón

Amar es gratis

With you

Pidiendo un deseo

Fotografías: Blanca Rodríguez G-Guillamón.

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Un instante

Hay escenas que me gustaría inmortalizar en la memoria: un abrazo, un paseo, una risa, una tarde de piscina… o fragmentos de desconocidos, que pasan, te miran y sonríen, o no sonríen, solo pasan. Vidas que asoman un instante y luego se esfuman, siempre dejando algo atrás. Si pudiera, absorbería los olores, los colores, los latidos, las voces, y los reproduciría en bucle sin desgastarlos. Los cuidaría como la cosecha más valiosa. Un beso, dos, una locura, un baile, un saludo, un brinco del corazón. Aunque esas emociones no me pertenecieran más que unos segundos, me las quedaría, por si acaso, y en mi recuerdo las volvería eternas.

Fotografía: Alba Soler
Fotografía: Alba Soler

 

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El refrigerador de los caprichos

No podía olvidar el deseo de sus ojos cuando lo miró por primera vez. Había corrido hasta él y, tras unos instantes indecisos, le había invitado a pasear. En aquellos diez minutos le prometió el cielo, o más bien se lo prometieron mutuamente sin palabras. De vez en cuando se miraban y ella sonreía con los labios prietos. Él, con razón, se sentía el más feliz del mundo. Por aquel flechazo, había renunciado a todo lo que tenía: a su familia, a sus amigos, a esos amores fatuos que le besaban y le volvían a dejar.

Se imaginaron un futuro juntos, hasta que la muerte les separase, y se prometieron amaneceres dulces. En diez minutos crearon un sueño, pero a las doce, como le ocurrió a Cenicienta, ella le dijo que no podía seguir adelante, que había un tercero de por medio y no quería que acabasen sufriendo.

Él la vio marchar entre señores estirados, en la nevera de los zumos ecológicos. A su alrededor, en distintos estantes, abandonados en una sección que no era la propia, encontró natillas de chocolate y una chistorra.

“Así que solo era un capricho”, pensó, mirando sus 600 gramos de Nutella en el reflejo del cristal.

Le había prometido todo, pero ella se había alejado, arrepentida, con la dieta como excusa en los labios.

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Una tarde de calor

Los gritos eran de una niña de tres años que aún no sabía hablar. Rayada por la luz del sol y la sombra del edificio en que vivía, sacudía los brazos para que la dejasen en paz. Se le mezclaba la protesta con la risa y a punto estuvo de atragantarse cuando el chorro de la manguera le impactó cerca de la boca. Sus hermanos la perseguían por la terraza blandiendo la goma sobre las cabezas.

Hacía tanto calor que hasta el abuelo había salido a empaparse. Con su bañador de flores y la gorra, daba palmas en medio del gran charco. Las carcajadas resonaban en el vecindario y algún niño se colgaba del balcón pidiéndole a sus padres que les dejasen bajar a jugar.

Amaia sonreía desde su habitación. Se había fijado en que Pablo de vez en cuando desviaba la mirada hacia su ventana. Le lanzó un beso discreto y se escondió. El día anterior, él la había buscando en el colegio para regalarle un poema de Bécquer.

—Lo estamos estudiando en clase se excusó.

Ella había colgado el papel en su corcho y ya era capaz de recitarlo de memoria.

Las risas hicieron sonreír a Belén, que en el sexto piso se encargaba de alimentar a su madre. Aunque hacía tiempo que Nerea había perdido el habla, la hija le seguía hablando tan animosamente como si en algún momento le fuera a responder. Explicaba que Sofía, la pequeña que reía tan fuerte, balbuceaba tres idiomas y estaba echa un lío.

—Pero será una niña muy inteligente. Mira cómo juega con sus hermanos. Tiene una alegría especial. Además parece un ángel con esos ricitos. Es adorable y yo ya le digo a su madre que tiene mucha suerte. Si yo hubiera tenido una hija, la habría querido como ella.

En la última cucharada, el puré le resbaló por la barbilla. Belén le limpió y continuó el monólogo. Mientras tanto, Sofía se levantaba de las baldosas y Pablo aprovechaba la pausa para mirar de nuevo hacia el hueco donde suponía a su princesa.

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Amar Navarra

Me ha costado entender qué tiene Navarra para que los navarros no se quieran ir de aquí. No hay playa, apenas sol y falNavarrata ese acento saleroso que se acompaña de gestos despreocupados. Las calles no visten con aire de fiesta y los días de tormenta no huelen a sal. La risa se esconde debajo de bufandas mientras que las nubes, siempre las nubes, se empeñan en gobernar la cuenca. Mi ciudad se llama “Mordor” para los amigos, “Pamplona” para los demás, y he aprendido a amarla muy poco a poco, a pequeños sorbos, como dicen los viejos que se disfruta la vida.

Los primeros años pensé que aquí no pasaban muchas cosas; tardé cinco en descubrir que ocurren, pero que hay que aprender a buscarlas. Los desconocidos no se hablan como si no lo fueran, ni se dan palmas al pie de una guitarra. La cerveza no la acompaña una tapa bien surtida, ni se regala el buen humor. Pero en Pamplona hay tantas sonrisas como se quieran encontrar. Hay que mirar bien, sí, porque aquí no se habla de la amistad a la ligera. En esta tierra de nubes (blancas, negras y naranjas del atardecer), un amigo es un amigo de verdad.

Antes me gustaba preguntarle a los navarros qué tiene de especial su hogar. Pero, ¿cómo se enseña a amar? No se puede hacer sólo con palabras. Para conocer Navarra hay que sufrirla y reírla; hablar con su gente y pasear sus caminos; escucharla y soñarla. Así es como se ama el mundo, en realidad cualquier lugar. Para conocer, primero hay que despejar el corazón. Luego se descubre un mundo de secretos. Ahora que se marchan tantos de los amigos que me enseñaron a mirar, volveré a buscar con ojos nuevos. Navarra tiene magia, aunque jamás seré capaz de decir completamente cuál.

 

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“Te quiero”, pero detrás de la pantalla

Un beso no se pide por whatsapp y, si se pide, se pide bien. El amor, o el deseo, o el capricho, no es un “tiro la piedra y me escondo”. Si se pide un beso tras una pantalla, hay que tener también el coraje de pedirlo sin aparatos de por medio.

Cuando Silvia, mi amiga de siempre, me contó que su novio la había dejado por un mensaje de móvil, creí que me estaba tomando el pelo. No podía creer que después de tres años, el fin de su relación lo dictasen unas letras impersonales. “¿Hay algo más cobarde?”, me preguntó. “¿Tan rápido desaparece la confianza?”.

Luego, por supuesto, no hubo respuesta a las llamadas. La tecnología ejerció como escudo del corazón, o arma arrojadiza, según se mire. Silvia pasó la noche partida del dolor y el chico, desconectado del mundo.

Aquella vez, todos los amigos se enfurecieron. Hubo un aluvión de críticas al veinteañero incapaz de enfrentar la situación. Todos dijeron que las redes sociales sólo traían desgracias a las parejas, que la gente empezaba a perder la dignidad, que dónde estaba el honor, la educación, el sentido común.

Pero al cabo del tiempo, se aparcó el tema. Silvia se había vuelto a enamorar. Esta vez era un compañero del gimnasio. Hacía tiempo que se intercambiaban miradas, conversaciones mudas a través del espejo. De modo que, después de algunos meses, ella tomó la iniciativa e intercambiaron algunas palabras.

“Creo que es muy tímido”, me confesó después de gritar medio minuto de la emoción. “No nos ha dado tiempo a decirnos mucho, pero me ha pedido mi número”. Me pareció que la historia empezaba bien. Silvia estaba ilusionada y, cada vez que recibía un mensaje de él, se ponía a saltar por la casa, o por la calle. Si yo estaba cerca, me agarraba del brazo y me señalaba su nombre en la pantalla.

Cuando hablaba sobre las miradas furtivas en el gimnasio, me hacía partícipe de su inseguridad. Él nunca se acercaba a hablarle. Ni la saludaba al verla entrar, ni la despedía. De hecho, en ocasiones cogía el móvil a medio metro de distancia y le escribía algún piropo que ella no sabía cómo acoger. Directo, atrevido, chispeante. Pero a los ojos, nada. Ni los comentarios pícaros ni un inocente “qué guapa estás”.

Una tarde que estábamos juntas, aquel chico le envió un mensaje. Al abrirlo, Silvia encontró un “quiero besarte”, y explotó. En persona nunca la buscaba. Se lo dijo conteniendo la rabia, pero el del gimnasio se hizo el sorprendido y la despachó: “No, no. No te voy a decir nada más”.

Total, para que lo diga por whatsapp…

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Ciudadanos y las farmacias

Ciudadanos se ha hecho la zancadilla a sí mismo. El partido de Albert Rivera, que en las elecciones de Andalucía presentaba como candidato a Juan Marín, contempló en su programa un punto que provocó cierta huida de votos: la liberalización del modelo farmacéutico. Una cifra, quizá ínfima, para los 9 escaños (368.688 votos y 9,2%) que se celebraron como una victoria.

El programa económico de Ciudadanos ha sido aplaudido en muchas ocasiones por su sensatez, pero si se mira con lupa (al menos en el caso andaluz), saltan algunos temas controvertidos. Entre ellos, lo que llaman “modelo de mínimos” en su programa sanitario y que consiste en la liberalización de las farmacias, contrario al actual modelo Mediterráneo. Se apuesta por ello porque, según defienden, “supondrá una mejora y una mayor cercanía al usuario, así como la creación de miles de puestos de trabajo”. Pero un estudio a nivel europeo, analizado por el Expert Panel on Effective Ways of Investing in Health (EXPH), declaró que este modelo deriva en un empeoramiento de la calidad de los servicios farmacéuticos.

El aumento del número de farmacias acabaría provocando la muerte de muchas de ellas. No porque se incentive la competencia, sino porque no habría ingresos capaces de contrarrestar los gastos. Existirían 150 metros de distancia entre los negocios y la condición de que hubiese un mínimo de 700 habitantes por farmacia. Si dejamos a un lado el hecho de que la proximidad no es factor determinante para acudir a una u otra, seguimos encontrando un incremento de locales que gastan en agua, luz y tiempo. Pero, claro, el gobierno podría jactarse del emprendimiento y la disminución del paro.

El año pasado las familias andaluzas hicieron un gasto medio en farmacia de 207,5 euros. Una cifra que se encuentra por debajo de la media nacional, según el último estudio de AIS Group, publicado el martes 24 de marzo. En vestido y calzado, el gasto medio es superior, 1.348 euros en 2013, como indicó el INE.

Días antes de las elecciones, el 17 de marzo, el Club de Opinión Farmacéutico Malagueño, COFAM-88, escribió un comunicado a sus miembros para avisar de este punto en el programa de Ciudadanos. Un punto que, para ellos, lo cambia todo. En Andalucía la liberalización de las farmacias está en el programa del Partido Popular desde mucho antes, aunque por diversos motivos, y hace unos meses el Gobierno lo ha sacó a la palestra. El Ministerio de Economía y Competitividad, con Luis de Guindos al frente, estudia la posibilidad de que cualquier persona (no necesariamente licenciada en Farmacia) pueda abrir este negocio. De aprobarse, se abrirían las puertas a las grandes cadenas que, antes o después, acabarían aplastando a los pequeños comercios.

El argumento del partido de Rivera es el contrario. Quieren fomentar el equilibrio entre las grandes superficies y el pequeño comercio. Pero la barra libre de farmacias podría provocar una resaca difícil de recuperar en nuestra economía maltrecha.

 

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Máquinas vivas

Las películas de ciencia ficción insisten en aparejar a la inteligencia artificial los sentimientos y emociones propias de los humanos. Una valoración positiva de unas máquinas que los científicos se esfuerzan en conseguir. ¿Qué ocurriría si un robot fuese capaz de sentir? Es la tesis que subyace en los filmes Ex_Machina y Chappie, estrenados este año, y en The imitation game, Her y Autómata, del pasado. Nos han acostumbrado a seres que aman, que son capaces de suplir nuestras carencias emocionales, que nos quitan el miedo a la soledad. Ocurre ahora y ocurría entonces. Películas como El hombre bicentenario (1999), Inteligencia Artificial (2001) o Yo, robot (2004), sembraron el debate que ahora se recupera.

Por el momento, sólo Eugene Goostman logró que lo confundieran con un ser humano. En 2012 y después de que lo preparasen desde 2001, el programa se hizo pasar por un ucraniano de 13 años. Tenía una vida inventada, pero engañó a un tercio de los jueces que participaban en la prueba de Turing. Un acontecimiento que el propulsor del experimento, Alan Turing, predijo como el momento en que las máquinas habrían alcanzado la inteligencia artificial. Los científicos Seale o Ackerman defendieron que engañar no es entender.

La industria cinematográfica apoya el papel de los robots como compañeros de los humanos. Nos crea una imagen positiva. Nos crea incluso la ilusión de que suplirán nuestras carencias: ¿Necesitas alguien que te ame (o que simule que te ame)? ¿Necesitas una presencia que combata tu soledad? Nos proponen un mensaje: para qué esforzarse en lo que puede ser fácil.

Hace unas semanas trascendía el caso de un funeral oficiado en honor a unos perros-robots. Una ceremonia budista de inciensos y sutras, de respeto por el alma de 19 mascotas que Sony lanzó en 1999. Unos animales sin carne ni hueso pero diseñados con una personalidad. Los Aibo no necesitaban veterinario, ni comida, ni agua, ni dos paseos obligados al día. Eran mascotas fáciles. No eran juguetes para niños, eran parte de la familia, como cualquier can vivo, como Jibo.

Jibo, que ya se promociona en internet como “el primer robot familiar”, aspira a abrirse un hueco en los hogares. Con un diseño sencillo que recuerda a Eva, de la película Wall-e, se ofrece para lo que se le pida: recordar tareas, contar cuentos, grabar vídeos, hacer llamadas… Una agenda electrónica con una personalidad. Una máquina a la que se le han programado habilidades y que espera ser objeto de cariño a partir de 2016.

No nos venden una utilidad. Ni Goostman, ni los Aibo, ni Jibo, ni los personajes de ciencia ficción son solamente aparatos. No son como la lavadora, o el lavaplatos, o la secadora. El ser humano está investigando cómo convertirse, de alguna forma, en dioses. Sus aspiraciones no se detienen en lo práctico. Los científicos quieren programar la vida del único modo que no hizo nadie: con máquinas capaces de pensar, cuestionarse y sentir.

 

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Los piratas del fútbol

La piratería ataca de nuevo. La Coalición de Creadores ha presentado un estudio que demuestra que el 87,94% de los contenidos culturales que se consumieron en internet el año pasado son ilegales. Una cifra en alza, pues en 2013 fue del 84%. El motivo principal (que repite a la cabeza por tercer año consecutivo) es que para qué pagar si se puede acceder sin coste. La novedad, que esta vez se ha analizado la piratería en las series y en el fútbol. Práctica en la que también la medalla de oro se la llevan los motivos económicos. Cabe añadir que cuando se elaboró la encuesta, no había trascendido el desvío de 2,4 millones de euros de las cuentas del Osasuna. Quizá si se hubiera conocido el amaño de partidos, habría disminuido la piratería sólo por el absurdo de ver un teatro en lugar de fútbol. Puestos a robar, hace menos daño el visionado online del juego que la apropiación indebida, la falsedad documental, el societario y la corrupción de particulares. Si no, que se le pregunte a los rojillos, o a los amantes del fútbol en general.

Si no existiese la piratería de los contenidos de este deporte, podrían ganarse hasta 227 millones de euros más por suscripciones, lo que supondría un incremento del valor de la industria del 24%. Pero si el club no hubiese regalado millones de euros (150.000 al Valladolid, 150.000 al Betis o 400.000 al Getafe, entre otros), podría haber invertido en mejoras reales y la afición luciría la camiseta con orgullo. Dinero o dignidad.

Quienes ven partidos en red arguyen que otros sistemas son demasiado caros y que los futbolistas ya ganan suficiente dinero. No puede compararse un sueldo de 41 millones de euros anuales (como el de Messi, el mejor pagado) con los 23.650 euros anuales del español de a pie. Menos cuando se descubren irregularidades como las de Osasuna, Barcelona, Zaragoza, Betis… ¿Por qué un español medio, que no gana grandes fortunas, que tiene un trabajo modesto, un Ford o un piso de 100 metros cuadrados tiene que pagar a un colectivo que regala millones, se mueve con la crême de la crême, como se diría, conduce un Porche o vive en mansiones a las afueras de las grandes ciudades? Da igual que sus antiguos directivos estén en la cárcel, o en libertad con cargos. Ellos pueden orquestar el saqueo y organizar bacanales. Mientras se divierten y comparten botella en los despachos, se persigue al pirata de poca monta. La barca en lugar del galeón, porque es más fácil, porque no hay intereses, porque da igual que protesten. Piratas pueden ser los clubes, el español medio parece que no tiene derecho a serlo.

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